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martes, 16 de diciembre de 2014

Sin reconocernos

Esa sensación de dolor o amargura que te recorre el cuerpo,  la sientes recorrerte el corazón y bajándote el ánimo, ¿por qué será así? ¿Por qué me pesan los labios cada vez más y los ojos se cansan de ver aquello que nunca cambia?
Aquellas personas que te hacen reír, un día te hacen llorar, no se puede evitar, pero tampoco es algo imperdonable. Estamos diseñados para apuñalar por la espalda a nuestros semejantes, no hacemos otra cosa. La fidelidad la perdimos al darnos cuenta de que uno puede vivir bien si mata a otros diez.
Así que promete y promete sin tener intención de cumplir lo prometido, miente, engaña y rompe corazones, es la única forma que nos han enseñado para que los días no pasen en vano.
Y el número de afectados crece, pero tú duermes bien por las noches, las lágrimas caen en tu conciencia, pero aprendiste a ignorarla hace mucho tiempo.
Y a vida sigue, al menos para ti, que es lo único que importa. Hasta que un día te das cuenta de que cuando estás mal, las personas en las que te apoyabas se han ido, que no te comprenden y no te van a poder ayudar. Y llega esa amargura que te hace pensar en que estás solo, rodeado de gente, pero completamente solo.
Te tragas tu lágrimas como si fuesen ácido, te queman por dentro como el alcohol que bebes para ahogar ese sentimiento que no te deja respirar. Y así, sin respiración, piensas que lo mejor es acabar con todo. Siendo víctima de otra persona que es igual que tú, sintiéndote muerto estando vivo, deambulando por un mundo en el que sobrevive el que más roba y traiciona, donde las buenas personas se convierten en malas, donde las ilusiones mueren al final de cada canción.
Y la cadena se repite como si de fichas de dominó se tratase, yo me caigo por ti y tú te caes por otro, acabando todos en el barro. Porque a veces pienso que no estamos hechos para aprender de nuestros errores, y menos de reconocerlos.