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jueves, 21 de agosto de 2014

Calles

Caminando por las calles oscuras y solitarias, donde una vez hubo una vida de la que ya no queda rastro. 
Él busca respuesta en antiguos susurros de amor que se quedaron perdidos, mudos en el tiempo; busca el consuelo que sólo dan las lágrimas que inundaron las mismas calles que ahora pisa.
Calles antiguas, donde los niños que corrían crecieron y vivieron esa vida que terminaron donde siempre fue su hogar. 
Sentado en uno de esos bancos que tantos abrazos y besos sostuvieron, mirando a aquellas ventanas llenas de polvo en las que  ya no se pueden ver habitaciones donde los días pasaban al igual que las personas. 
Y es cierto que el tiempo no perdona a nadie, porque él se mira las manos, cicatrices de tiempos pasados en los que se decían que los niños eran de goma. 
Se ha dado cuenta demasiado tarde de que su vida ha pasado, que ahora lo único que le mantendrá en el mundo es el recuerdo de su presencia, recuerdo que cada día será más débil, hasta llegar al olvido; y es que es lo más temido por lo hombres, valientes y cobardes, que huyen de él como de la muerte sin entender que siempre caminan de la mano.
Las calles se acaban, los abandonados edificios de maltrechos tejados van desapareciendo uno a uno, dejando solo a aquel hombre que fue capaz de volver a ver un poco de la historia que ellos vivieron, a aquel que fue capaz de recordar el pasado, pero por recordar el pasado, dulce pecado, el presente se desvaneció y en un último suspiro mira a atrás, como lleva haciendo toda su vida, sonríe y cierra los ojos. Sabe que se vuelve a mentir a si mismo fingiendo que no se arrepiente de nada, sospechando en el fondo que como aquellas calles, ya no queda nadie que se acuerde de él. Y la muerte, apretando su pecho, de la mano del olvido, le arranca el último segundo de vida que le queda, dejándolo yacer en el mismo asfalto en el que se ha criado, y del que nunca se va a separar.

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